No todos los pueblos son iguales. Estas son las señales que distinguen un pueblo vivo de una postal para turistas.
La primera señal es el sonido. En un pueblo auténtico, a las nueve de la mañana, oyes el pan que sale del horno, las persianas que se abren, a alguien que llama desde la ventana. No el bullicio distraído, sino la vida de todos los días.
La segunda es el taller: si detrás del mostrador todavía hay quien produce —el queso, el encaje, el vino— y no solo quien revende souvenirs, estás en el lugar justo. La tercera es la mesa: un menú corto, de temporada, en el dialecto del lugar, vale más que mil reseñas.
Nosotros elegimos estos pueblos uno por uno, y los confiamos a quien ha nacido en ellos. Porque un pueblo auténtico no se visita: se frecuenta, aunque solo sea por dos días, como haría un amigo del lugar.

